martes, 19 de febrero de 2008

Para, por y con los demás

Nos toman por imbéciles, no hay otra explicación. San Martes de insomnio, y van… Leo que un tal Arthur, catalán y en catalán, exige que ante luz y taquígrafos el pesoeh firme que en su país, Catalunya, gobernará per secula seculorum la lista más votada. Bonita condición para pactar, de gran sensibilidad democrática. ¿Y el programa? ¿Pataleo? ¿Inmadurez? ¿No saber perder?

Consuelo: que nos toman por igual de imbéciles que se toman los unos a los otros; ¡eso debe ser la democracia! To be continued…

Hoy quiero dedicar mis líneas a la gente que trabaja por los demás, con el único interés de vivir con su sonrisa permanente dibujada en el rostro incluso ante las adversidades. Con esa sonrisa de la conciencia tranquila, del espíritu inquieto, y de un corazón que se les sale del pecho.

Exclúyase, por favor, a la clase política. La de clase.

Y es que ayer tarde, castigando al cuerpo a ver si así dormía un poco (visto lo visto lo que debería cansar es mi cerebro, si lo encuentro), me acerqué cámara en mano a una playa, una de las mías y de pocos más -¡qué tristeza!, los días laborales de invierno: viento el justo, del noroeste, marejadilla, olas de escaso metro a metro y medio, por rachas, algunas gotas de lluvia; perfecto para que unos pocos jóvenes llenos de vida practicasen surf. Así me entretuve paseando y fotografiando a esos valientes quinceañeros que soñarán, visto su sacrificio, con competir algún día en las playas de Copacabana, Nueva Zelanda, Mundaka, o con buscar la ola perfecta donde hacer un tubo eterno.

Auriculares a ritmo de rock, del bueno (del suave para otros) en mis oídos.

Sentado como estuve un ratillo, culo en la arena, piernas cruzadas a lo indio, se me acercó una perrita de raza, desconocida, que llevaba escrito en su collar de esparto un número de teléfono; llegué a pensar que era tan lista que, perdida, sabía muy bien que alguien con una cámara como la mía tendría teléfono móvil, seguro. Me llenó de vida, digo de arena. La acaricié mientras intentaba que no estropease con sus juegos mis ingresos en tecnología digital. Se sentó a mi izquierda, a mi derecha, delante, detrás…, hasta que partió veloz hasta el extremo oeste de la playa, donde la perdí de vista, dado su tamaño y el relieve natural del mágico vínculo arena-mar.

Minutos antes había fotografiado una mujer paseando ante las tablas de surf.

Al de un rato el animal volvió, repitió y marchó. No, no está perdida, me dije.

Más tarde vi lo lejos, nuevamente, a la mujer; jugaba con la perrita lanzando bolas de arena al aire que la pequeña intentaba alcanzar al vuelo, porque volaba. No pude evitar la tentación de encuadrar, enfocar y disparar –a mi manera, pese a la lejanía. A su lado otro perrito de raza, también desconocida, sentado a su lado, contemplaba los juegos de su joven amiga de cuatro patas, y de su ama.

Nos abandonaba la luz cuando al fin nos cruzamos. Saludo clásico y personalísimo, cejas arriba. ¡Aupa! ¿No le habrá molestado? ¡Qué va, si es un encanto! Es que le gusta jugar y tengo que sacarla todas las tardes, aquí a la playa, unas horitas; este otro es más tranquilo.

Entretanto la perrita escarbaba en la arena ansiando fatigada un agua dulce que no encontraba.

Ya puedes perdonar, os saqué algunas fotos, es que esos saltos… No me importa, al contrario, porque yo no puedo hacerlo mientras juego con ella.

Acto seguido, y para mi vergüenza, me interroga humilde si soy fotógrafo profesional; porque si así fuera, veía una osadía vulnerar mis supuestos derechos de autor para pedirme unas tomas, por email. Vamos, que el mundo al revés. Yo abusando de su imagen para autoconsumo y ella velando por los derechos de un supuesto profesional. En fin…

Con su email en letras redondas y divertidas sobre un papel, continué mi camino pensativo. ¡Qué forma de dar cariño, de cuidar a esos perritos, de darles justo lo que necesitan!

Esta noche le envié las mejores instantáneas, lástima de luz y distancia.

Y si al comienzo dije que hoy escribiría sobre aquellas personas que se desviven por el prójimo, es porque también cotilleé, y que me perdone, eso que suele escribirse detrás de una arroba: no, no se contentaba con hacer felices a sus perritos, trabaja para, por y con los más desfavorecidos. Efectivamente el corazón no le cabía en el pecho.

Aún recuerdo su rostro sereno, cansado y feliz, por dar. Sólo espero que también reciba.

¡Hace años que me maldigo por no gastar mis vacaciones con una ONG! Tendrán razón aquellos que dicen que soy un pecador.

3 comentarios:

Selma dijo...

¡Con que personajillo has empezado la Entrada, ya ponía yo mala cara...!
¡Pero que majo este final con Personaje (con mayúscula) los anónimos los que dan sín querer recibir nada a cambio...

Un muxu.

Ispilatze dijo...

¿Qué playa?
¡Me mata la curiosidad por saber QUÉ playa!
... en otro tiempo...
... habría podido ser...

¿Hace falta cámara, insomnio y arena para encontrar la magia con la que ayer volviste a casa?
No. Espero que no. Hace falta sólo salir y abrir los ojos...
¡¡VOY!!
(precioso. envidiable)

Tesa dijo...

He empezado a leer tu Blog en el orden lógico, por la primera entrada, la escrita en último lugar.
Termino en esta playa que tan real has dibujado. Me pareció sentir la brisa, escuchar el agua y ver correr una perrilla levantando la arena tras su carrera.
Volveré por aquí, me gusta tu sitio.
Un saludo