martes, 29 de enero de 2008

Derecho a no declarar


Después de leer lo que argumentaré a continuación habrá quien me considere un pro-etarra, palabra que por cierto también es, ya, castellana. Para evitar ese tipo de tentaciones que algunos pudieran tener, anuncio que en ningún caso durante los próximos párrafos me referiré a presos de la organización asesina terrorista, sino únicamente a los conocidos como presos comunes. Tal vez por ahí haya más posibilidad de acuerdo.

Pongamos el caso habitual de una detención por agentes de la autoridad, perdón Autoridad. Lo primero que ha de hacerse es informar al detenido de sus derechos, conforme establece la Ley de Enjuiciamiento Criminal, criminalmente vieja. Es un momento mágico en el que se pone en marcha una de las maquinarias más engrasadas del estado, en el que la seguridad e integridad del detenido pasa a ser exclusiva del cuerpo policial que le custodia hasta su puesta a disposición judicial; es una garantía para todos, el de dentro y los de fuera.

Los derechos ya se saben: que se le informe de los hechos que se imputan, de la posibilidad de notificar a un familiar su situación, del derecho a ser asistido por el forense y el derecho a un abogado que deberá estar presente en cualesquiera diligencias se practiquen con el detenido: declaraciones, registros, ruedas de reconocimiento, etc.

Según en qué comunidades el detenido tiene derecho a expresarse en dos lenguas distintas. Si es extranjero a notificar su detención al consulado o embajada y a solicitar un intérprete si no habla o entiende castellano.

Existe otro derecho: a no declarar, a no confesarse culpable.

Ese derecho es exclusivo del detenido, del imputado. Cualquiera otra persona que declare bien en una fase previa de instrucción, bien en un juicio oral, sabrá que el acusado es el único que no está obligado a decir la verdad. Los que hemos tenido que pasar por la experiencia de jurar y prometer por no disponer de diccionario a mano que nos permitiera distinguir la diferente semántica de ambos vocablos, entre dios y el hombre, lo sabemos bien más cuando después del “¿jura o promete?” recuerda su señoría las consecuencias que podrían acarrearnos nuestras supuestas mentiras.

Como debe ser, el estado garantiza la integridad del detenido y la práctica de una buena praxis policial y judicial que ayuda a obtener una verdad judicial con la que condenar o absolver.

Es de justicia que el estado pueda practicar estos secuestros legales previos a la puesta a disposición judicial del detenido, momento en que entra a jugar el tercero de los separados poderes. Y es igualmente justo y lógico que estos secuestros de ciudadanos se alarguen en el tiempo, tanto como la ley permita, no más de lo necesario, mientras se realicen distintas labores de investigación, comprobaciones de efectos recogidos en algún registro, obtención de huellas digitales o adn, reconocimientos, declaraciones, etc. El tiempo que ha de durar una detención al uso no puede superar las 72 horas (que alguien me corrija si me equivoco), salvo casos excepcionales sometidos a control judicial en que el plazo puede alargarse.

Una de las prácticas más habituales es el conocido interrogatorio que se realiza a los detenidos. La policía, el fiscal y hasta el propio juez instructor pueden cuestionar al reo cuanto consideren, la ley lo permite. Pueden encontrarse sin embargo con que su interés choque con los derechos inviolables de éste, si decide no declarar, no confesarse culpable.

La realidad es que el detenido quiere ejercer su derecho y que después unos cambian misteriosamente, de opinión y otros cambian su opinión, misteriosamente.

Impedir estos repentinos cambios de humor de los detenidos, dado que es el estado el garante de los derechos del ciudadano delincuente y de su presunción de inocencia, es éticamente sencillo: basta con respetar el derecho a no declarar, a no confesarse culpable. Se evitarían así algunas dudas razonables.

Algunos más que declarar cantan solos; seguramente porque el tiempo que se puede tener a una persona legalmente secuestrada es mucho mayor del que cualquiera es capaz de soportar, encerrado en un calabozo, simplemente existiendo. ¿Se imagina usted a sí mismo detenido por error? (puede pasar).

Acepto el secuestro legal por necesario, entiendo que el proceso debe o puede llevar un tiempo y que la simple negativa a declarar no puede suponer, de facto, que el detenido deje de estar bajo control del estado. En muchos casos es necesaria la incomunicación y hasta el secreto sumarial. Es cierto.

Tal vez bastara con incomunicar al detenido en una prisión durante las prorrogables 72 horas; así ejercería su derecho a no declarar, a no confesarse culpable, permaneciendo bajo el control del estado no impidiéndose con ello que se practiquen otras diligencias y, lo que es más importante, no quedando el detenido bajo custodia de aquellos que han de aportar las pruebas contra él, de aquellos que en muchas ocasiones son la prueba contra él. No hay que olvidar que en este tipo de procesos, alrededor del delito, siempre han existido dos certezas, la policial y la judicial (la legal), no siempre coincidentes.

Consecuencias: los detenidos no podrían acusar de torturas a quienes ejercen el obligado deber de la represión y los torturadores, si los hubiera, no tendrían sobre quien ejercer sus frustraciones; los forenses se ocuparían de enfermedades comunes y ningún detenido acabaría extrañamente en cuidados intensivos. Además cambiaría el guión de alguna película: “tiene derecho a no declarar, en cuyo caso permanecerá en prisión hasta su puesta a disposición judicial”. Y si quiere usted cantar pues oiga, cante.

Este tipo de medidas y otras como la implantación de micrófonos y cámaras en comisarías y juzgados, rara vez son tomadas en cuenta. Cuando un estado no cumple con sus deberes comienza a haber indicios de sospecha en todas sus actuaciones; después todo se tapa con dos bandos: o estás con los buenos o estás con los malos.

Y así no se puede.

Por cierto. Un etarra, ¿es un preso común?

lunes, 28 de enero de 2008

Por mis mejores deseos


Los ciudadanos en este mundo occidental capitalista aceptamos como un mal menor cierta restricción de libertades; más aún estos últimos tiempos de caza al terrorista. Así las compañías telefónicas, por ejemplo, estarán obligadas por ley a tener perfectamente identificadas a las personas que utilicen sus tarjetas pre-pago: la intimidad que vendían ha desaparecido. Con el objeto de ponérselo más difícil a según qué delincuentes, se acaba con el derecho que teníamos a una comunicación totalmente privada, se suponía. Y así vamos. Por seguir con el ejemplo, las compañías que nos sirven el milagro de internet (sí, milagro) han de guardar celosamente nuestros datos de conexión y tráfico, por si uno entre un millón es terrorista o por si nos denuncia las SGAE, empresa privada que gestiona legítimos derechos muy a su manera. Es actualidad que diversos gobiernos occidentales, así como en Bruselas y Estrasburgo, se muestran interesados en inventarse leyes que regulen los contenidos, y hasta el continente, de la red. Conviene pisar el suelo y recordar que cuando hablamos de gobiernos, no nos referimos a un ente abstracto sino a seres humanos, con nombre y apellidos. Son como usted y como yo sólo que sencillamente, manejan el cotarro. Nuestro cotarro.

La plaga de cámaras de seguridad nos convierte en actores de una película infinita pero de la que sólo disponen copia las autoridades, por si un día tienen que perseguirnos. Estas autoridades que son, como los gobiernos y a su servicio, personas como usted y como yo, curiosos, con sus virtudes y sus intrigantes defectos. Como usted y como yo.

Hay otros aspectos de la ley como la obligatoriedad del cinturón de seguridad que coartan la libertad de elección: un conductor es igual de peligroso amarrado que sin amarrar. O un motorista, mientras lleve gafas, con casco que sin él. Así para garantizar nuestra salud y un menor gasto sanitario para las arcas del estado, éstos intervienen.

Para ofrecer servicios, se cobra impuestos. Sabemos quienes pagan más y quienes pagan menos, igual que sabemos que el dinero llama al dinero en el mundo occidental. Normalmente.

No me cabe duda alguna de que toda política se ejerce en aras del bien común. Y reitero que no me cabe ninguna duda, por si alguien me cree.

Por otro lado vivimos el periodo de la historia con mayores alternativas, posibles. La sociedad está en disposición de influir directamente en los ámbitos de grandes tomas de decisión. Pero sólo lo intentan unos pocos: lucha contra la destrucción del planeta por grupos ecologistas, ONGs de ayuda a la cooperación y el desarrollo –de verdad, grupos anti-globalización y algunos más. Cientos de personan presionan con actos considerados ilegales, tal vez, pero es que cuando por lo legal se intenta, cuando nos dejan, los gobiernos ni caso: constitución europea.

En fin. Al hilo me pregunto: ¿no estamos todos de acuerdo que la Justicia Social es deseable, no queremos acabar con el hambre en el mundo, no pensamos que la guerra debería estar prohibida? ¿Es debatible? ¿Por qué los gobiernos no hacen nada al respecto? ¿Por qué se lo permitimos? Algo tendremos que perder.

Viendo National Geographic el otro día, sorprendían con un interesante documental sobre las personas con las mayores riquezas, económicas, del planeta. Efectivamente ninguno de ellos vivía nada mal. Me llamó poderosamente la atención uno forrado con el ladrillo, en Inglaterra. Entrevistado a pie de una inversión de sólo trece millones de euros (otras casi alcanzaban los doscientos millones, decía) aseguraba que esperaba sacar en cada negocio un 25% de beneficio. Echen cuentas.

Entonces me pregunté si no podían los gobiernos - o Estrasburgo, inventarse una ley que impidiera que un puñado de euros de millones de ciudadanos como usted y como yo, acabaran en una sola mano, para nada hambrienta. ¿No se obraría así por el bien común? ¿igual que pagamos impuestos, no se podían limitar los beneficios?

Vuelvo a pisar firme y me doy cuenta de lo utópico de mis palabras y de que el cambio, el gran cambio instado desde la propia sociedad, aquel que dé el protagonismo debido al pueblo más allá del mero acto del voto a una lista debidamente cerrada en tiempos de una bipolarización de casi lo mismo, el cambio que obligara a que se cumplieran los deseos de todos: ¡la paz en el mundo!, no llega, en este estado al menos, porque no lo permitimos.

¿Cómo? Votando.

Porque algo tenemos que esconder. Así que votamos en bipolar, no sea que algún otro político, de esos más cercanos al gran cambio hacia la justicia social, arrase. Podríamos optar por no votar ¿se lo imaginan?

Voy terminando que esta película también tiene un final: ¿se acuerdan del millonario inglés, el del veinticinco por ciento? Amasaba euros sí, pero lo que no conté es que los invertía en la lucha contra el hambre y construyendo colegios y hospitales allá donde las catástrofes naturales sesgaban miles de vidas de sus pobres semejantes.

¡Y yo pidiendo una ley que restringuiese sus beneficios!

viernes, 25 de enero de 2008

Aprendiendo de la nueva realidad

Cada día leo más, blogs. Antes tenía la insana costumbre de desayunarme múltiples diarios electrónicos, independientemente de que fueran de una tendencia política o de la contraria, así leía lo mismo en blanco sobre negro que en negro sobre fondo blanco. Que conste que cualquier color me encanta, por lo general, bastante más que el gris que invadía mi mente después de tanto batiburrillo y palabra, vacía. Hastiado seguí erre que erre durante mucho tiempo pues pensaba que de algún sitio había que obtener la información. Básicamente encontraba, en cambio, opinión. Sesgada opinión.

Aunque puede observarse una tendencia bi-polar también en la blogesfera (el PSOE algo ha intuido y parece ser que los blogs, algunos, formarán parte de su próxima fiesta, este fin de semana), ésta es más colorida.

Diréis algunos que muchos blogueros poco se distinguen de los medios, o que son una copia mal escrita de estos expertos. En cuanto a la falta de argumentos, ¡por supuesto! Pero no me importa; es tan grande el espacio que todos compartimos, en la red, que descartar es bien sencillo. No pasa lo mismo con los medios, más bien escasos y siempre al servicio de.

Por ello voy confeccionando una lista de blogs favoritos que visito, si puedo, a diario. Puedo enfadarme, mosquearme e incluso irritarme con las palabras de un tertuliano, puede éste (independientemente de lo que él se crea) convertirse en persona ruin, falaz e insana a mis ojos porque es un profesional que no cumple las mínimas exigencias deontológicas, nunca. Por el contrario, jamás tengo esas apreciaciones, cuando las palabras son, como éstas, amateurs. Me gusta lo amateur, por puro, por sano, por discreto. Porque prefiero el aficionado al profesional; y lo siento chicas: el lenguaje es muy machista; bien sabéis que con esa sensibilidad tan innata vuestra, lo mejor de una mujer es lo mejor de lo mejor.

Así es amigos que un servidor aprende día sí día también de todos vosotros, independientemente de que compartamos opiniones o no. Con el tiempo, si hilas fino, encuentras en la red quien te ofrece noticias sin masticar, o digeridas con argumentos que no tienen por qué suscribirse, normalmente bienintencionados. No hablemos ya de las noticias que profesionalmente se silencian, aquellas de las que antes era imposible saber nada.

En resumen: ¿Qué un medio es un calco de la línea oficial? Tragas porque no hay otro, o el otro es igual. ¿Qué un blog es un calco de la línea oficial, mediática o de partido (que es lo mismo)? Te buscas otro, lo hay.

Percibir la realidad a través de vuestros sentidos es, honestamente, un placer. Gracias. ¿Superaremos algún día la audiencia de los medios digitales? ¿Os lo imagináis? ¡Qué orgasmo, mental!

jueves, 24 de enero de 2008

Somos el sistema, ¿o no?

Soy débil: hace tiempo que me propuse dirigir mis palabras hacia asuntos más importantes que la política profesional; sucede sin embargo que una mañana te asomas a la prensa, cualquiera, te encuentras con ciertas afirmaciones y acabas sucumbiendo a los deseos más ocultos y mundanos; como ya he afirmado otras veces, entras al trapo.

Pero no sólo culparé de ello a la clase política sino también a la prensa, a cierta prensa espejo imperfecto en el que se refleja la perfecta realidad; sí, dedican a veces su tiempo y espacios a dar cuenta de otro tipo de noticias, esas que normalmente venden menos e importan más que la mayoría de sandeces con las que se nos obsequia a los obsesos de la información política, a aquellos que luchamos subjetivamente por distinguir el polvo de la paja; constituyen auténticos poderes fácticos que, como también he sugerido en algún artículo anterior, se deben sólo a su cuenta de resultados: no son sino empresas en un entorno capitalista, ya me dirán. También conocemos lo bien que se vende calidad desde los medios: aquí, a tomatazos.

La mayor parte de la sociedad pasa de los políticos, según parecen acertar múltiples estudios y encuestas sociológicas. A la hora de ponerles nota, para más inri, la inmensa mayoría suspende; pero ahí están, sin que los mueva nadie -se ve que con tanto cate no paran de repetir. De lo que opinamos de los medios nunca he sido interrogado (ayer llamaron a casa, encuesta telefónica. Sólo me cuestionaron sobre la política y sus líderes). Posiblemente respondiendo a la amable encuestadora, hoy también votante -ella, participé del sistema, otra vez.

Creo que ese es precisamente el problema: que pasamos de ellos pero participamos del sistema, normalmente de forma pasiva e influídos por ciertos beneficios empresariales, privados (los medios). Así nos tratan con merecido desprecio, nos usan y nos tiran al cubo de la basura, al menos hasta las siguientes elecciones. Aceptamos titulares ya pactados y tendemos, en función de nuestra ideología, a justificar cada una de las sandeces de nuestro candidato. El que lo tenga. En períodos como el actual, pre-electoral, nos dan la tabarra a más no poder: intentarán convertir ideas en argumentos o dogmas de fe, organizarán debates que todos seguiremos e instigarán al voto, útil o inútil pero voto al fin. Pedirán a gritos el 80% de participación y nos convertiremos todos en votantes por unos meses. Exactamente igual que sucede ahora. A partir del día 10 de marzo recuperaremos nuestro status de ciudadanos, antes quien más impuestos pague.

Entre tanto los medios se sirven de la clase política y la clase política se sirve de los medios, así llegan todos a fin de mes, normalmente sin problemas. Lo molesto es la forma en que lo logran, gracias a todos nosotros que somos quienes mantenemos su status, somos sus simples y llanos consumidores. Da igual que una editorial se sustente en la mentira, hay ocasiones que cuanto mayor es ésta mayor es el beneficio económico. Nadie va a pedirles cuentas.

Y tragamos y tragamos y tragamos.

Cuando esta mañana me disponía a escribir al respecto de algunas declaraciones que publican los medios, sin filtro alguno, me pregunté si desde estos foros impulsamos también este sistema imperfecto y cerrado que se convierte en realidad en una oligarquía (clase política dirigente y nada cambiante), eso sí bien monárquica. Da igual que en la casa real habite hoy una familia de multimillonarios que han construido su fortuna por la gracia de dios y sin arriesgar un euro, porque pensamos como hay que pensar, como nos dejan pensar. Nos lo hemos ganado con esta democracia a cambio de entregar (que no otorgar) el poder a una clase política construida sobre los medios (empresas privadas, no lo olvidemos); así ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

Cada vez que un tertuliano o un político abre la boca y uno corre a intentar tapársela forma parte del espectáculo que, como canta Queen, must go on!; no sé si es una duda o una afirmación. En cualquier caso y sin tenerlo aún muy claro (hasta qué punto se es partícipe de algo en lo que honradamente no se cree) hoy dejaré las frases, aquellas que hacen que entre al trapo, sin comentarios.

Rajoy a Ibarretxe: "La ley es igual para todos, desde el rey hasta el último español".
Esperanza sobre Pizarro: "No viene a servirse del partido, sino a servir al partido".
Aznar: "un mentiroso no debiera poder presentarse a presidente del gobierno".
¡Buen día!

martes, 22 de enero de 2008

Perro mundo, occidental.

Perro mundo.

Leo ¡quien me manda a mi a estas horas! en la prensa una noticia de esas que desde su origen son una tragedia humana. En este caso además fruto de la sinrazón, de la locura, del engaño, del odio y de la violencia. Y del capitalismo.

El 24 de marzo de 1995, en Rentaría, una furgoneta de la Ertzaintza indebidamente preparada (parece ser que las ventanas eran de puro cristal y rompían con la mirada) fue objeto de una emboscada ruin, colérica y sin sentido.

No sé cuánta gasolina y ácido recibiría el vehículo, lo suficiente sin duda. Conocemos el resultado. Los agentes heridos de gravedad saltaron del mismo como pudieron, tuvieron que desencajar una puerta a golpes mientras ardían sus ropas. Uno de ellos, ya en el suelo, sacó su arma; parece ser que la empuñadura de plástico, quemada, se le pegó en las manos que ardían aún. Jon luchó por su vida con quemaduras en el 75% de su cuerpo. ¿Conocéis a alguien que haya sobrevivido en tales circunstancias? Jon lo logró, sobrevivir. Vivir habrá sido distinto. El resto de agentes también sobrevivieron, así como dos jóvenes que resultaron arrollados por la furgoneta que ardiendo circuló sin control hiriéndoles también a ellos de gravedad.

Detenidos los culpables, recibieron una primera condena de 5 años. Posteriormente el Supremo elevó la pena a diez.

Hoy sin duda hubieran sido muchos más años.

Han pasado ya los diez años y estoy seguro que alguno de los autores continúa en el talego o está por volver cegado por la misma sinrazón.

Entonces, uno de los agentes atacados declaró en la vista, entre sollozos, que no pudo detener a un encapuchado “porque sus brazos estaban ardiendo” y que “sólo pudo verle los ojos”; hoy, el mismo agente ha de volver a pasar por la traumática experiencia de recordar los hechos.

La seguridad social que le lleva atendiendo desde entonces, teniendo diagnosticado un stress post-traumático con trastorno de personalidad que ha empeorado con el paso de los años, ha solicitado reciba la invalidez absoluta, lo que supone una jubilación anticipada con el 200% del sueldo base, como corresponde a un accidente de trabajo por atentado terrorista.

La mutua, que paga, considera que su caso no es un accidente de trabajo.

Así es que diez años después no queda otra que el agente tenga que volver a levantarse y ante otro juez relatar de nuevo aquel trauma. Esta vez en el banquillo de enfrente no hay terroristas, hay una empresa, una empresa privada.

Perro mundo, occidental.