Pensemos ahora en una pareja de afiliados a un partido de derechas y católico e imaginemos, mucho es, su amor y su relación sexual.
¿Hemos imaginado el mismo amor y la misma relación en ambos casos? Yo no. He imaginado, sencillamente, algo distinto de cada pareja porque imagino personas distintas en cada caso, con circunstancias distintas.
Añadamos algún dato: ambas parejas están casadas e involucradas en diversas tareas, igual de imprescindibles que de poco gratificantes, dentro del partido al que entregan gratis parte de su tiempo desde que tenían 16 años, todos. En ambos casos su afiliación es por motivos puramente ideológicos, ni formales, ni interesados. Son los clásicos afiliados por convicción. Cada cual a su partido.
Las cuatro personas que forman estas dos parejas son, por ejemplo, ellas géminis y ellos capricornios, habiendo nacido todos el mismo año. Trabajan en la misma multinacional, en departamentos distintos, ganan los mismos sueldos. No tienen hijos en ninguno de ambos casos.
Pensaréis que estoy mal de la cabeza por insinuar semejantes sandeces. Tal vez sí, o tal vez no: seguramente lo mío viene ya de atrás; descubriré ahora el misterio pero antes volvamos a imaginar a ambas parejas, su amor y su relación sexual.
Recordemos el sexo que nos gusta y en cómo nos gusta.
Jornada electoral. La parejita de izquierdas acude como interventora al mismo colegio electoral, y mismas mesas, que la parejita de derechas. Sería raro que para la ocasión ambas parejas eligieran una misma vestimenta. El resultado electoral es empate técnico. Conducen ellos camino a sus domicilios, en el mismo barrio. Ni se habían visto, ni se conocían.
Esa noche, cada pareja a su manera, hace el amor (mantiene relaciones sexuales).
Recordemos el sexo que nos gusta y en cómo nos gusta, otra vez. Elijamos de qué pareja nos gustaría formar parte en aras de un mayor goce y disfrute, exclusivo, de nuestros cuerpos y nuestras mentes.
Elijamos la laica de izquierdas o la católica de derechas (no hay más opciones en este caso).
Elijamos.
A estas alturas sólo caben dos posibilidades: haber sido capaces de elegir o no.
Los que hemos sido capaces de elegir –lo confieso, hemos presumido distintos comportamientos sexuales en función de la ideología Sigmund Freud debiera tal vez resolver el misterio pero si es cierto que hay una relación entre la forma de concebir el sexo compartido y la ideología ¿qué fue primero el huevo o la gallina? ¿El instinto o el partido? Tal vez todo ello en su conjunto no sean más que planteamientos de vida distintos.
Os preguntareis a qué ha venido todo esto: sencillamente he leído una estadística según la cual las personas apolíticas y/o cercanas a posicionamientos de extrema izquierda son las que tienen menos quejas de la calidad de sus relaciones. Y hasta casi le he encontrado un porqué, de hecho hice mi elección.
Pero por otro lado quiero estar convencido de que muchos de vosotros, inteligentemente, habéis llegado hasta aquí sin tomar una decisión, unos por considerar la pregunta del todo ilógica y otros sencillamente por no saber posicionarse: a todos, entendiendo la cuestión como completamente absurda, que lo es tal vez, diré que les comprendo, porque esta historia baladí es fruto de una paranoia mal planteada sin duda y que lucro con mis propias palabras; éstas que, para aquellos que entienden que no debiera haber diferencias sexuales por motivos ideológicos, no pueden sino dibujar un final de sexo compartido entre ambas parejitas.
¡Qué mejor manera de pactar para resolver el empate técnico!



