domingo, 13 de enero de 2008

Don erres que erres...

Ha concedido Zapatero una entrevista a P.J. Ramírez que aparece publicada hoy en el diario que dirige este último. Dicen que entre preguntas y respuestas anduvieron ocho horas dándole a la matraca. Y eso que, se supone, son dos enemigos políticos. Da igual que uno se dedique a dirigir un periódico, porque más parece un político del PP, así que bien le habrá venido el asunto a ZP para preparar los próximos debates, electorales. Lo cierto es que sin ánimo concreto he leído la entrevista. Con el mismo ánimo me he quedado después.

Pero no todo el mundo se ha quedado igual, así la derecha desde cierto medio digital no ha tardado ni un minuto en opinar al respecto. Me cabe la duda de si a alguno de los artículos sobre la citada entrevista han tenido que quitarle el polvo. Y es que es, siempre, la misma matraca, da igual lo que digan u hagan, unos y otros.

Así resulta más evidente lo que ya era evidente. Para unos y para otros.

Tanto medir las palabras, tanto elegir las respuestas. Unos y otros.

Dan grima. Aquellos articulistas y tertulianos que no sorprenden por sus palabras, dan grima. Aquellos que nunca enseñan nada nuevo, dan grima.

Dan grima sí, pero viven de puta madre y además, como la Fuster, creen que nos importan.

Corolario: si aún no ha leído la citada entrevista hágalo sin permitir que nadie se la interprete; ahora bien, si por pereza o falsas convicciones, está acostumbrado a que piensen por usted, no pierda el tiempo que ocho horas dialogando son un tostón.

viernes, 11 de enero de 2008

Mayoría absoluta, ¿por qué?

Andan revueltos en el PSOE con las próximas elecciones generales y se entiende: son los que más tienen que perder. Así desde algunos blogs y desde el propio partido, imagino, se ha iniciado una campaña para que se alcance el 80% de participación, ahora que parece que las encuestas dicen que su electorado está menos movilizado que el del PP. Seguramente sea así porque éstos han demostrado tener mal perder y no piensan en otra cosa desde hace cuatro años: que haya que volver a votar. Lo que no sé es como lo van a hacer si no logran mayoría absoluta después de una oposición tan solitaria; que un servidor no lo sepa, que conste, no significa que no puedan hacerlo. Aplaudiré cualquier pacto, me gusta esa palabra.

Y por ahí va mi intervención de hoy, que resumiré en una afirmación sobre la cual intentaré aportar mis argumentos: antes un gobierno de pactos que una mayoría absoluta, por favor.

Motivos:

- Una mayoría absoluta es como una legítima dictadura, con fecha de caducidad; lo que no tiene que ser necesariamente perjudicial si en el partido mayoritario existe una real democracia interna, no así si lo que existe es un líder indiscutible cuya palabra es “la voz de dios”, en cuyo caso cuatro años de carta blanca son normalmente una desdicha para la gran mayoría que o ni vota o ha elegido otras opciones. (Cabe recordar que con casi 45 millones de habitantes, el voto de apenas 10 millones concede el privilegio de gobernarlos a todos).

Pero los partidos insisten en continuar con las listas cerradas, cuando la elección es más democrática si se realiza sobre listas abiertas.

- A quienes afirman que “el partido” es la garantía les recuerdo que hasta Hitler que se sustentó en su propio aparato de partido, y Castro, y Chávez, y…

- A quienes sostienen que la caducidad del mandado es la garantía que se acuerden de Bush y vean lo que se puede hacer con cuatro años libres por delante.

- Huelga decir que desde una mayoría absoluta se prepara mejor terreno para la siguiente elección, salvo que seas un mentiroso electoralmente compulsivo. Y esto último me lo ha enseñado la historia reciente.

- La lógica aritmética (diría que hasta la lógica democrática pero ésta, al contrario que la primera no acostumbra a dar una única solución): ¿un presidente multicolor sustentado por el voto plural de 15 millones de personas (un político hubiera preferido la expresión votantes, así nos ven), o un presidente monocolor al que han apoyado 10 millones?. Creo que, aunque igualmente legítimos, es preferible la primera opción.

Sucede, sin embargo, que los pactos, los diabólicos pactos, en su mayoría lo son con aquellos que convierten España en un estado plural sin estar muy convencidos de permanecer en ella o de gustar como ésta les trata.

Sucede además que cuando el que pacta es el otro cede al chantaje, así son las minorías quienes gobiernan. Argumento zafio que curiosamente está en boca de políticos de todos los colores, hecho que debería servir para invalidar la idea de la sumisión constante de Goliat a David, antes siquiera de que éste lánzara una piedra.
Tal vez sea un sentimiento romántico el de aquellos que pensamos que los pactos en política consiguen que la democracia sea algo más que depositar un voto en una urna, pues no son sino el reflejo evidente de la sana convivencia, del entendimiento y acuerdo entre quienes con la palabra defienden distintas realidades; existiendo tantas sensibilidades está claro que el status quo ideal dificilmente podría alcanzarse desde una sola óptica política, igual con la unión se consiga la fuerza.

jueves, 10 de enero de 2008

mentiras o torturas

Vaya por delante, y para evitar suspicacias (alguna ha habido en algún blog de las cual si puedo daré cuenta), que condeno el terrorismo como medio para alcanzar cualesquiera fin. Hasta allá donde se me exiga condenar.

Con la misma sinceridad manifiesto que no tengo ningún dato objetivo (los de los medios, honestamente, no lo son por contradictorios, así es mejor no creerte a ninguno), para afirmar que los dos últimos detenidos han sufrido algún tipo de violencia, más allá de la proporcionalmente necesaria en cualquier detención; considérese esta úlmima aseveración realizada con plena consciencia y dejar claro que con el sentido común y lógica por argumentos considero necesario que en algunos casos la policía use la violencia como medio represivo. Igualmente afirmo que un porcentaje altísimo de las detenciones, incluidas las de miembros de comandos terroristas, se realizan "pacíficamente".

Vamos, que no tengo ni la más mínima idea de si antes, durante o después de que la Guarcia Civil practicase estas dos últimas detenciones se ha ejercido una violencia proporcionada, o desproporcionada.

Ahora bien, escuchando al ministro Rubalcaba dar las exigibles explicaciones tras conocerse las lesiones que los dos terroristras presentaban, y juzgándolas conforme califican cada una de sus palabras, estoy esperando escuchar a Federico Jiménez Losantos, a Pedro Jota o a otros ínclitos como Migel Ángel Rodriguez, afirmar que existe una conspiración para evitar que se investiguen las torturas practicadas, pues no habrán podido sacar otra conclusión de las palabras del "ministro de los GAL".

martes, 8 de enero de 2008

Lo que quitan los hombres no lo devuelve dios.

Está dando mucho juego la Concentración a favor de las familias, católicas, apostólicas y romanas, además de cristianas que presididas por monseñores, cardenales y obispos tuvo lugar el pasado 30 de diciembre en Madrid con su correspondiente asistencia.

Quiero aprovechar la ocasión para hacer un inciso y gritar: ¡viva la “blogesfera”! o como quiera se denomine. Con la curiosidad del ser político que soy (a ratos), he leído al respecto bastante. Opiniones como la suya o la mía que, aunque todas partan de las indudables influencias recibidas o aceptadas por cada cual, son muchas veces más interesantes que las vertidas en las tertulias radiofónicas compuestas por personal más o menos amaestrado y previsible, o por aquellos que entre sí se denominan intelectuales.

Pero internet, de momento, políticamente hablando es imprevisible y plural (en un primer momento escribí "democrático"), y no soy más que un humilde ciudadano que intenta tener ideas propias.

En un comentario a un artículo de uno de esos blogs (una lástima no recordar en cual para colocar el merecido enlace, sorry), alguien se preguntaba contra quién tenía que defenderse el matrimonio canónico.

Contra nadie, si acaso contra sí mismo, he concluido. Nunca contra un gobierno. Menos contra la democracia, o contra el pueblo. Hablamos de un sacramento sagrado según el cual el dios cristiano, católico, apostólico y romano “une a dos personas en sagrado matrimonio hasta que la muerte les separe”; es más “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, rezan.

¿Cuándo una política o una legislación humana ha intervenido en asuntos divinos? Al contrario lo divino (y los divinos) siempre ha influído en lo humano, en demasia. Ahí queda la historia.

Pido pues a los católicos que estén tranquilos, por favor. Que no vean fantasmas donde no los hay porque, que se sepa, nadie les impide ser lo que son, ir a misa, administrar sus sacramentos, organizarse a su antojo o predicar que la mujer “parirá con dolor y vivirá dominada por su marido”.

El problema real no es otro sino el pataleo eclesiástico por el poder (fáctico) que progresivamente ha perdido la iglesia dentro de un estado laico. Hay que partir de la base histórica y cercana de los paseos bajo palio del caudillo por la gracia de dios y ver cómo hoy, la máxima figura ejecutiva del estado, no lo es por la gracia de dios sino por los votos de mujeres y hombres, así no se debe nada a la iglesia y sí mucho al pueblo.

La esencia de la democracia según parece no gusta a dios, por eso los súbditos del sustituto divino, el Papa, convocan y protestan una y otra vez esperando el milagro: lo que vuelve a los hombres que dios se lo devuelva.
Y van dados.

lunes, 7 de enero de 2008

democracia; dime de qué presumes y te diré de qué careces.



A la clase política y afín se les llena la boca de democracia; a quienes viven de ella, lógicamente, más aún. Precisamente por ello son también estos últimos quienes la prostituyen y utilizan a su antojo, mientras los que sufrimos (en silencio como las almorranas) el estado del bien-o-mal-estar permanecemos pasivos y dormidos.

A todos aquellos que critican, al venezolano Chávez hay que recordarles que fue elegido por su pueblo. Hay quienes sugieren entonces que algunos estados no pueden ser considerados como auténticas democracias porque sus ciudadanos no votan con libertad. Basta pues con que un acto tan simple como meter una papeleta en una urna no sea ejercido de forma soberana sino bajo coacción para llegar a tales conclusiones. Ahora bien, si entendemos la coacción en su acepción pura como la “fuerza o violencia que se hace a alguien para obligarlo a que diga o ejecute algo”, habremos de entender que un pueblo vota coaccionado cuando, y dado que es raro ver a ciudadanos pistola en la sien ejerciendo sus derechos, actúa bajo el miedo a algo anunciado. (El miedo al contrario que los principales partidos políticos españoles explotan democráticamente de maravilla).

En Estados Unidos está democráticamente instaurada la pena de muerte en una gran parte de sus estados; también democráticamente se pueden adquirir armas de fuego (y de guerra) para acabar a tiros con todo aquel que infunde sospechas razonables… al que porta el arma. Y democráticamente uno puede pagar una pasta a un bufete para que convenza al jurado de que la sospecha era razonablemente fundada, o democráticamente no tenerla y acabar con buzo naranja en un corredor. Democráticamente también han sido sistemáticamente perseguidos quienes defendían posiciones cercanas al socialismo oficial, los comunistas. Democráticamente eligen gastar en armamento en un día lo que en todo un año en ayudas a los más pobres.

Hitler llegó al poder tras ser democráticamente elegido en unas elecciones libres. Democráticamente también optan algunos gobiernos por la guerra como modo de resolución de conflictos.

En España la sacra constitución obliga a no discriminar por razones de sexo, edad, raza, credo o religión, así habría de ser suficiente con hacer cumplir la ley, la sagrada ley, democráticamente establecida, y no según los casos, inventar una discriminación positiva hacia media sociedad en deprimiendo de la otra mitad que no sufre discriminación alguna, ni positiva ni negativa.

También democráticamente hay quienes promueven el bipartidismo (muchos son). Dicen que para no vivir sujetos al chantaje de las minorías hay que establecer un sistema electoral que las penalice, como si no bastara con la ley D’hont. Así la democracia consistiría en una sucesión de gobiernos de mayorías absolutas, monocolores, que podrían hacer y deshacer a su antojo, evitando negociaciones engorrosas con los enemigos de la democracia y de la patria: las minorías. Olvidan que negociación acarrea por definición cesión por ambas partes; como sólo saben mirar en una dirección, para aquéllos negociar no es un acto democrático, ni libre; es más democrática la mayoría absoluta de Aznar del año 2000, sustentada por los representantes políticos de diez millones de votos, que el gobierno de Zapatero que sin mayoría absoluta obtiene el pírrico respaldo de quienes representan quince millones de votos, más menos; y según.

Hay quien argumenta que democracia es la libertad de pensamiento, de voto, de expresión, de posesión, etc. La realidad es que esas libertades son democráticamente regladas por un gobierno sí y otro también.

Por definición propia la democracia es una doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno, y por acción el predominio del pueblo en el gobierno político de un estado.

La realidad es que el pueblo no predomina en el gobierno del estado; así se dice que los políticos representan a los ciudadanos que les han, democráticamente, elegido aunque luego pocos de éstos sean capaces de representarse, si quiera, a sí mismos. En cualquier estado.

Hitler (que también surge del pueblo y por lo tanto representa a éste en el gobierno) tuvo democráticamente legitimados sus discursos y sus violencias. Se supone.

Es más, la democracia, como ejercicio de voto -parece ser que es ése su mínimo denominador común, puede acabar consigo misma si quien alcanza el poder lo usa, democráticamente, para perpetuarse. En nombre de la democracia se puede también legislar que todo presidente autonómico que ose convocar un referéndum (un acto esencialmente democrático) acabe democráticamente en la cárcel.

Puede entenderse a la vista de los hechos que el simple y siempre manipulado acto electoral no es sino el camino establecido por las clases dirigentes para alcanzar el gobierno de un estado (que se dirá de demócratas), no una acción o un hecho democrático. Tras el recuento el ciudadano permanece a pan y agua hasta el momento en que los propios dirigentes establezcan o decidan enviarle nuevamente las urnas.

A todos aquellos que defienden la democracia como el sistema menos malo, habría que preguntarles cual de todas ¿la estadounidense, la centroamericana, la anglosajona, la centro europea, la española o la que más convenga en cada caso a la clase dirigente?

La democracia, en cualquier caso, no ha de entenderse ni como sistema político, ni como sistema de gobierno.

La Monarquía Parlamentaria lo es; pero ni siquiera por definición puede calificarse éste u otros regímenes parecidos de democracias por más que las normas establezcan que los ciudadanos votarán cada cuatro años, bautizando el acto como el de mayor libertad que puede ejercer el ser humano. Imaginemos un estado monárquico en el que el rey nombrase directamente, a dedo, a los parlamentarios para luego dejarles legislar. Ello no necesariamente debiera de ser una dictadura atroz: si los elegidos supieran escuchar al pueblo (no como los diputados actuales, en su mayoría) y empaparse en él, fuesen más honrados, honestos y profesionales, y capaces de defender la libertad individual, y hasta el 0,7%, ¿qué elegiría usted?

Imagino que entre los que contesten que elegirían votar no habrá ningún monárquico; sin embargo el sistema y la opinión están tan podridos y camuflados que mucho me temo que hay quien prefiere un regimen con voto o democracia aunque imperfecto por entender que es mejor la elección directa del pueblo (aún sobre listas cerradas) y luego ríe y aplaude al de “pero por qué no te callas”, impuesto él y su descedencia por la gracia de dios.

Yo soy más de los que piensa, a modo de García Trevijano, que el sistema actual es más bien una oligarquía monárquica. Si alguien piensa lo contrario que abra las listas y me lo demuestre.

Queda entonces saber qué es la democracia, más allá de esa mágica palabra que tanto emplean las clases políticas actuales: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.